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Causa de error de juicio n.º 2

Tendencia a sentir simpatía y amor

Distorsionamos nuestro juicio para favorecer a las personas, los productos y las ideas que nos gustan, ignorando sus defectos y aceptando todo lo que nos digan.

Los seres humanos nacemos para sentir simpatía y amor, y ese afecto tuerce nuestro pensamiento de forma silenciosa. Una vez que alguien nos gusta, tendemos a pasar por alto sus defectos, a plegarnos a sus deseos y a favorecer aquello que esa persona favorece, incluidos sus hechos y sus opiniones. El sentimiento viene primero; las razones que nos damos vienen después.

Una versión concreta aparece cada vez que un vendedor simpático vende más que un colega más competente pero más frío. El comprador no está comparando especificaciones con frialdad; en parte, está comprándole a alguien que le cae bien, y luego ensambla las justificaciones. El mismo mecanismo explica por qué un fundador carismático puede levantar dinero con un plan defectuoso, o por qué confiamos en un producto avalado por alguien a quien admiramos aunque no sepamos nada del producto.

Esto no es un alegato contra el afecto: Munger pensaba que admirar a las personas adecuadas era una de las mejores cosas de la vida y un poderoso estímulo para el aprendizaje. El peligro está en dejar que actúe sin examen. La defensa consiste en advertir cuándo te cae bien la fuente y preguntarte si seguirías creyendo la afirmación si viniera de alguien que te resulta desagradable. Si la respuesta es no, tu afecto está pensando por ti.