Causa de error de juicio n.º 8
Tendencia a la envidia/los celos
Compararnos con los demás engendra envidia: un motor de conducta poderoso y desdichado que, a diferencia de otros vicios, no proporciona placer alguno.
«La envidia es un pecado realmente estúpido, porque es el único con el que jamás podrías llegar a divertirte.»— Charlie Munger
Munger consideraba la envidia una de las fuerzas más infravaloradas del mundo y una de las más insensatas. Estamos programados para medir nuestro bienestar no en términos absolutos, sino en relación con quienes nos rodean: el vecino, el compañero de trabajo, el cuñado. Como resultado, alguien puede tener todo lo que necesita y aun así sentirse desdichado por un igual que tiene un poco más. A Munger le gustaba señalar que esto impulsa mucho más conflicto humano que la codicia.
La versión cotidiana es la del trabajador que estaba perfectamente satisfecho con un aumento hasta que se enteró de que un colega obtuvo uno mayor, momento en el que el aumento se siente como un insulto. Nada cambió en su propia situación; solo cambió la comparación. El mismo mecanismo alimenta conductas destructivas en familias, empresas e incluso naciones, donde las partes perjudican sus propios intereses con tal de negarle una ventaja a un rival.
Lo que hacía a Munger especialmente desdeñoso con la envidia es que es el único pecado capital sin lado positivo: la gula tiene la comida, la lujuria tiene la aventura, pero la envidia es puro sufrimiento sin nada que mostrar a cambio. Su consejo práctico era sencillamente negarse a jugar: deja de medir tu vida frente a la de los demás, y trata la envidia, junto con el rencor y la autocompasión, como un hábito mental que hay que evitar sin contemplaciones, porque envenena a quien lo cultiva sin dañar a su objetivo.