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Causa de mal juicio № 5

Tendencia a evitar la incoherencia

La mente se resiste a cambiar sus conclusiones, hábitos y compromisos, de modo que las primeras conclusiones y las primeras lealtades tienden a persistir mucho después de que dejen de ser útiles.

El cerebro ahorra energía aferrándose a las conclusiones, los hábitos, las lealtades y las identidades una vez que las tiene. Cambiar de opinión cuesta trabajo y se siente como una pequeña admisión de haberse equivocado, así que la gente lo evita. Munger combinaba esto con la evitación de la duda en un golpe doble: llegamos rápido a una conclusión para matar la duda y luego nos negamos a revisarla para mantenernos coherentes. El resultado es que una primera impresión formada a la ligera puede endurecerse hasta convertirse en una creencia para toda la vida.

Por eso también los malos hábitos cuestan tanto de romper y por eso los compromisos públicos son tan poderosos. Una vez que has dicho algo en voz alta, te has unido a un grupo o has invertido tiempo en un curso de acción, sientes la presión de seguir actuando en consonancia con ese yo previo, aun cuando se acumulan las pruebas de que deberías cambiar. Los estafadores explotan esto consiguiendo pronto un pequeño “sí” (firmar una tarjeta, hacer una compra modesta), porque cada compromiso hace que el siguiente, mayor, se sienta coherente.

El célebre antídoto aquí es la regla que Munger tomó prestada de Darwin: busca activamente las pruebas que desmientan tus propias creencias más queridas, y préstales una atención especial. Se enorgullecía de no creerse con derecho a una opinión hasta poder defender el bando contrario mejor que su partidario más fuerte. Es algo antinatural y costoso, que es exactamente lo que lo hace valioso: es una contramedida deliberada frente a una tendencia que, de lo contrario, te encierra en tus primeras y peores ideas.